LA ESTACIÓN DE LA VIDA
En
el reloj daban ya las cuatro de la madrugada, con ello, el sonido de la alarma
despegaba los ojos de un profundo sueño del ayer, una nueva mañana de trabajo
iniciaba para Peladin, fiel colega de don Aníbal “El Busetero” -como le dicen sus amigos de la
“Sultana”-. Al
igual que una mañana fría soplando los pajonales sin decisión alguna de saber a
qué ritmo y con qué dirección se mueve, Peladin cobra pasajes y recorre las vías de la antaña Latacunga para mantener
a su madre y hermanas, mismas que se han
convertido en su fuerza y energía de cada día.
“La necesidad es mas que la obligación y frente a esto mis
“mujeres” son lo mas importante”. Con ello, dirigiendo sus pupilas hacia arriba
evita manchar sus mejillas, ¡mantiene la calma! y sonríe, hasta continuar con
el sendero que lo llevara a una parada más. Entonces, el viento fresco sorprende sus mejillas y
entre un color rojizo saluda muy amablemente “Buenos días siga, siga si hay
asientitos”, de pronto el motor se enciende y P deberá estar listo para la “aventura”,
recorriendo senderos con las luces apagadas.
“La meta que mi madre
quería que cumpla, va a tener que esperar, deje el estudio por el trabajo y eso
no me molesta, me lastima” –taradea en voz baja-. El paisaje oculta la tristeza
y el sol alumbra la sonrisa entre las montañas, la voz cortante empieza, “venga,
venga, suba, a al Salto, Las Belemnitas, la Laguna”, ¡el trabajo iniciaba!
Lo criaron con la
obligación de ser el hombre de la casa,
pero aun no ha cobrado la factura de sus
derechos. “Conmigo trabaja desde los 13 años ¡ha sufrido, si! pero eso no es
impedimento para que sea un muchacho trabajador, a pesar de que su padre falleció,
él da la vida por su madre”, explica “El Busetero”, pestañando varias ocasiones
hasta que sus ojos desvanezcan el dolor por su muchacho. ¡De pronto! una voz se
desprende frágilmente desde la parte trasera del bus, una muchacha se bajara en
la próxima parada de la vida de Peladin y con él, la ilusión de que sus
bolsillos se llenaran con unos “centavitos” mas.
Su
trabajo es el mejor entretenimiento que tiene para sobrevivir al viento helado
que endurece el corazón de este
muchacho, mientras el bus esquiva los
baches del camino, sonríe hipócritamente lamentando que su vida es similar y que sus decisiones
esquivan los agujeros de la vida, pero no las del alma. Entonces, remordiendo
su labio comenta: “Dios me da fuerza para seguir de pie y este bus me
da el pan de cada día para ser feliz, no necesito nada más, ¡solo eso!”,
quedando pálido retoma el color de sus mejillas y se levanta con un movimiento
frágil, limpia su dolor, sacude su tristeza y elimina sus penas, de pronto con voz desgarrada empieza gritando: “haber
señores, ¡pasajes por favor!”.
La dura decepción
acompañada de una suave emoción, es lo que vive Peladin, mientras su patrón
juega a manejar el carro –como un sueño frustrado de los niños-, él optimista
convive con la muchedumbre que utiliza el transporte, “a veces se suben
personas de mala fe, son groseros, a uno lo discriminan, sin embargo uno le
sonríe o le manda al carajo por “mensos”. La primera vuelta había concluido,
las campanas de la iglesia de El Salto daban las dos de la tarde, mientras el
sol disminuía su calor y daba un giro de trescientos sesenta grados, el
estomago pedía a gritos un plato de comida, con ello, la música favorita del patrón
que despacito se desprendía de sus labios, diciendo: “Hemos jurado amarnos
hasta la muerte y si los muertos aman después de muertos amarnos mas”, misma
que inspiraba a sonreír y olvidarse de
la comidita.
Unas hallullas y un queso
de hoja será suficiente para volver a
vivir con el mismo ánimo y seguir trabajando con entusiasmo, en esta ocasión la
Estación es el punto favorito para degustar el alimento que doña Edelmira prepara
todas las tardes a sus caseros para que disfruten su sazón, “Yo les unas ricas
Hallullas y como no el queso de hoja lo mas deliciosos, hago lo más rico que
puedo para que mis caseritos no se vayan sin probar esta delicia”, comenta
mientras sonríe muy amablemente. El sol cada vez era más lejano, el viento
soplaba tan fuerte, que hacia tiritar de frio, el bus empezaba a llenarse y los
motores nuevamente se encendían, esta vez con la claridad de sus focos
delanteros, el regreso hacia la vida
monótona ya atemorizaba a P, quien agachado su cabeza suspiraba con
desesperación. Entonces, con autoestima ociosa poco a poco se acercaba hacia
los pasajeros, mientras intimidado preguntaba: “pasaje”, “ya le doy su
vueltito”.
La obscuridad ya empezaba
a apoderarse de las pupilas y Peladin ansioso esperaba que el reloj marque las
ocho, “Los fines de semana por lo general vamos a jugar boly con mi patrón y el
punto específico es “La Estación”, ahí se apuesta hasta de cien dólares”. Con
una felicidad inalcanzable golpea suavemente
a Don Aníbal incitando a contagiarse de la alegría y mientras la pelota
se movía de un lado hacia el otro empezaba a entender ¡cuan necesario es buscar
diferentes sitios en la vida y no estancarse en una sola estación!
De regreso a casa eran
casi las doce de la noche y el sueño se apoderaba
de sus pupilas y entre un ojo abierto y
el otro cerrado, veía por la ventana la obscuridad profunda de la noche,
mientras sus pensamientos abundaban el
recuerdo de su padre, moviendo la cabeza
hacia arriba y fregándose las manos decía: “si mi padre estuviera aquí, mi vida
seria diferente”, el malestar dura poco, su patrón le da aliento para seguir
adelante y con un abrazo golpeando suavemente su espalada, le hace sonreír,
rápidamente, coloca en sus manos la ilusión de su madre y hermanas, sus quince
dólares serán suficientes para que ellas subsistan y el viva de ilusiones
perdidas en la Estación de la Vida.
Mientras tanto, el brillo
del sol empezaba a iluminar las continúas montañas que rodean a Latacunga, una
vez más, el sol brillaría con firmeza ante el trabajo y la lucha constante de
quienes ejercen oficios para el bienestar de sus hogares, y justamente, ¡ahí
estaba!, Doña Edelmira, carcomida por la brisa friolenta que emanaba la mañana,
“Todos los días con mi esposo madrugamos a preparar las hallullas y el queso de
hoja, todo esto para sacar dinero y complacer a las personas que vienen a
comprar”. Con ello, el tráfico se hacia presente, enloqueciendo a cualquier
individuo y permitiendo imaginar las diferentes direcciones en las que se
dirigen los vehículos y entre el un claxon y el otro enfureciendo tal cual
obstáculo que en la vida se presenta.
El olor a húmedo del
cuarto en el que doña Edelmira prepara sus productos, permite intrigarse y a la
vez viajar a aquella época ancestral, “Yo ya llevo más de veinte años
viviendo aquí en mi querida Latacunga y siempre me he dedicado a realizar las
hallullas y el queso de hoja y gracias a mi Dios siempre me ha ido bien”,
sonriendo comenta “doña Edel”, conocida así
por sus caseros.
Una ola de calor se
presentaba cerca de las doce del día, con ello, la ausencia del calor del alma
empezó a enfriar el corazón al recordar la perdida inesperada de el cariño más
puro que se pueda expresar, frente a esto, no existe cruel dolor si no cuando
se siente la ausencia del ser que vivió durante nueve meses en el vientre de
una madre, “ Hace quince años atrás, tuve la dura decepción de no tener en mis
brazos a mi hijo que por motivos tuvo que partir lejos de mi” expresa Doña
Edelmira. En cuestión de segundos los escalofríos se apoderan del cuerpo,
entonces sientes que no desearías pasar por aquella situación. El estómago
empezaba a exigir y entre burlas y suspenso la comida seria servida en
instantes.
Entonces la mente se
vuelve cada vez más frágil y el recuerdo ya no es de color, sino seria blanco y
negro y poco después ya solo sería una hoja en blanco, así lo vive don Marco,
esposo de Edelmira, quien segundo a segundo borra de su vida algún momento
vivido, incluso el proceso de elaboración de las deliciosas hallullas, “A veces
me olvido quien soy y lo único que recuerdo es que aprendí el proceso de mis
queridas hallullas, de mi mujer quisiera
no olvidarme, pero nadie sabe que pasara mañana”, comenta M.
Era momento de continuar
con una nueva estación y con ello nuevas historias, fue entonces que siendo
cerca de las cinco de la tarde, el bullicioso
mágico sonido de la locomotora traerá consigo nuevas historias, dejando
inimaginables huellas de quienes pisan por primera vez el suelo Latacungueño,
de pronto, un penoso ruido se desplegaba de los viejos cuartos de “La
Estación”, era la figura inédita de una silueta de cuarenta y tres años, ¡su
vida estaba hecha!, lo único que le quedaba era cumplir el sueño anhelado de viajar
desde los lugares mas excitantes, hasta los mas complejos, ¡esa era ella!, la
imponente Catarina; “ La vida me ha enseñado a caminar por los lugares mas
duros, sin embargo yo he decidido viajar por las zonas más bellas, aunque yo no
pertenezca a Ecuador, me siento como en casa y esta no ha sido la primera
estación de mi vida, al contrario he tenido muchas”. Con ello, se desplaza una
sonrisa nerviosa mientras comenta sus experiencias vividas.