viernes, 1 de julio de 2016

LA ESTACIÓN DE LA VIDA
En el reloj daban ya las cuatro de la madrugada, con ello, el sonido de la alarma despegaba los ojos de un profundo sueño del ayer, una nueva mañana de trabajo iniciaba para Peladin, fiel colega de don Aníbal  “El Busetero” -como le dicen sus amigos de la “Sultana”-. Al igual que una mañana fría soplando los pajonales sin decisión alguna de saber a qué ritmo y con qué dirección se mueve, Peladin cobra pasajes y recorre  las vías de la antaña Latacunga para mantener a su madre y hermanas,  mismas que se han convertido en su fuerza y energía de cada día.
“La necesidad  es mas que la obligación y frente a esto mis “mujeres” son lo mas importante”. Con ello, dirigiendo sus pupilas hacia arriba evita manchar sus mejillas, ¡mantiene la calma! y sonríe, hasta continuar con el sendero que lo llevara a una parada más. Entonces,  el viento fresco sorprende sus mejillas y entre un color rojizo saluda muy amablemente “Buenos días siga, siga si hay asientitos”, de pronto el motor se enciende y P deberá estar listo para la “aventura”, recorriendo senderos con las luces apagadas.
“La meta que mi madre quería que cumpla, va a tener que esperar, deje el estudio por el trabajo y eso no me molesta, me lastima” –taradea en voz baja-. El paisaje oculta la tristeza y el sol alumbra la sonrisa entre las montañas, la voz cortante empieza, “venga, venga, suba, a al Salto, Las Belemnitas, la Laguna”, ¡el trabajo iniciaba!
Lo criaron con la obligación de ser  el hombre de la casa, pero aun no ha cobrado  la factura de sus derechos. “Conmigo trabaja desde los 13 años ¡ha sufrido, si! pero eso no es impedimento para que sea un muchacho trabajador, a pesar de que su padre falleció, él da la vida por su madre”, explica “El Busetero”, pestañando varias ocasiones hasta que sus ojos desvanezcan el dolor por su muchacho. ¡De pronto! una voz se desprende frágilmente desde la parte trasera del bus, una muchacha se bajara en la próxima parada de la vida de Peladin y con él, la ilusión de que sus bolsillos se llenaran con unos “centavitos” mas.
Su trabajo es el mejor entretenimiento que tiene para sobrevivir al viento helado que endurece  el corazón de este muchacho, mientras  el bus esquiva los baches del camino, sonríe hipócritamente lamentando  que su vida es similar y que sus decisiones esquivan los agujeros de la vida, pero no las del alma. Entonces, remordiendo su labio  comenta: “Dios  me da fuerza para seguir de pie y este bus me da el pan de cada día para ser feliz, no necesito nada más, ¡solo eso!”, quedando pálido retoma el color de sus mejillas y se levanta con un movimiento frágil, limpia su dolor, sacude su tristeza y elimina sus penas, de pronto  con voz desgarrada empieza gritando: “haber señores, ¡pasajes por favor!”.
La dura decepción acompañada de una suave emoción, es lo que vive Peladin, mientras su patrón juega a manejar el carro –como un sueño frustrado de los niños-, él optimista convive con la muchedumbre que utiliza el transporte, “a veces se suben personas de mala fe, son groseros, a uno lo discriminan, sin embargo uno le sonríe o le manda al carajo por “mensos”. La primera vuelta había concluido, las campanas de la iglesia de El Salto daban las dos de la tarde, mientras el sol disminuía su calor y daba un giro de trescientos sesenta grados, el estomago pedía a gritos un plato de comida, con ello, la música favorita del patrón que despacito se desprendía de sus labios, diciendo: “Hemos jurado amarnos hasta la muerte y si los muertos aman después de muertos amarnos mas”, misma que  inspiraba a sonreír y olvidarse de la comidita.
Unas hallullas y un queso de hoja  será suficiente para volver a vivir con el mismo ánimo y seguir trabajando con entusiasmo, en esta ocasión la Estación es el punto favorito para degustar el alimento que doña Edelmira prepara todas las tardes a sus caseros para que disfruten su sazón, “Yo les unas ricas Hallullas y como no el queso de hoja lo mas deliciosos, hago lo más rico que puedo para que mis caseritos no se vayan sin probar esta delicia”, comenta mientras sonríe muy amablemente. El sol cada vez era más lejano, el viento soplaba tan fuerte, que hacia tiritar de frio, el bus empezaba a llenarse y los motores nuevamente se encendían, esta vez con la claridad de sus focos delanteros,  el regreso hacia la vida monótona ya atemorizaba a P, quien agachado su cabeza suspiraba con desesperación. Entonces, con autoestima ociosa poco a poco se acercaba hacia los pasajeros, mientras intimidado preguntaba: “pasaje”, “ya le doy su vueltito”.
La obscuridad ya empezaba a apoderarse de las pupilas y Peladin ansioso esperaba que el reloj marque las ocho, “Los fines de semana por lo general vamos a jugar boly con mi patrón y el punto específico es “La Estación”, ahí se apuesta hasta de cien dólares”. Con una felicidad inalcanzable golpea suavemente  a Don Aníbal incitando a contagiarse de la alegría y mientras la pelota se movía de un lado hacia el otro empezaba a entender ¡cuan necesario es buscar diferentes sitios en la vida y no estancarse en una sola estación!
De regreso a casa eran casi las doce de la noche  y el sueño se apoderaba  de sus pupilas y entre un ojo abierto y el otro cerrado, veía por la ventana la obscuridad profunda de la noche, mientras sus pensamientos abundaban  el recuerdo de su padre, moviendo  la cabeza hacia arriba y fregándose las manos decía: “si mi padre estuviera aquí, mi vida seria diferente”, el malestar dura poco, su patrón le da aliento para seguir adelante y con un  abrazo golpeando  suavemente su espalada, le hace sonreír, rápidamente, coloca en sus manos la ilusión de su madre y hermanas, sus quince dólares serán suficientes para que ellas subsistan y el viva de ilusiones perdidas en la Estación de la Vida.
Mientras tanto, el brillo del sol empezaba a iluminar las continúas montañas que rodean a Latacunga, una vez más, el sol brillaría con firmeza ante el trabajo y la lucha constante de quienes ejercen oficios para el bienestar de sus hogares, y justamente, ¡ahí estaba!, Doña Edelmira, carcomida por la brisa friolenta que emanaba la mañana, “Todos los días con mi esposo madrugamos a preparar las hallullas y el queso de hoja, todo esto para sacar dinero y complacer a las personas que vienen a comprar”. Con ello, el tráfico se hacia presente, enloqueciendo a cualquier individuo y permitiendo imaginar las diferentes direcciones en las que se dirigen los vehículos y entre el un claxon y el otro enfureciendo tal cual obstáculo que en la vida se presenta.

El olor a húmedo del cuarto en el que doña Edelmira prepara sus productos, permite intrigarse y a la vez  viajar a aquella época  ancestral, “Yo ya llevo más de veinte años viviendo aquí en mi querida Latacunga y siempre me he dedicado a realizar las hallullas y el queso de hoja y gracias a mi Dios siempre me ha ido bien”, sonriendo comenta “doña Edel”, conocida así  por sus caseros.
Una ola de calor se presentaba cerca de las doce del día, con ello, la ausencia del calor del alma empezó a enfriar el corazón al recordar la perdida inesperada de el cariño más puro que se pueda expresar, frente a esto, no existe cruel dolor si no cuando se siente la ausencia del ser que vivió durante nueve meses en el vientre de una madre, “ Hace quince años atrás, tuve la dura decepción de no tener en mis brazos a mi hijo que por motivos tuvo que partir lejos de mi” expresa Doña Edelmira. En cuestión de segundos los escalofríos se apoderan del cuerpo, entonces sientes que no desearías pasar por aquella situación. El estómago empezaba a exigir y entre burlas y suspenso la comida seria servida en instantes.
Entonces la mente se vuelve cada vez más frágil y el recuerdo ya no es de color, sino seria blanco y negro y poco después ya solo sería una hoja en blanco, así lo vive don Marco, esposo de Edelmira, quien segundo a segundo borra de su vida algún momento vivido, incluso el proceso de elaboración de las deliciosas hallullas, “A veces me olvido quien soy y lo único que recuerdo es que aprendí el proceso de mis queridas  hallullas, de mi mujer quisiera no olvidarme, pero nadie sabe que pasara mañana”, comenta M.

Era momento de continuar con una nueva estación y con ello nuevas historias, fue entonces que siendo cerca de las cinco de la tarde,  el bullicioso mágico sonido de la locomotora traerá consigo nuevas historias, dejando inimaginables huellas de quienes pisan por primera vez el suelo Latacungueño, de pronto, un penoso ruido se desplegaba de los viejos cuartos de “La Estación”, era la figura inédita de una silueta de cuarenta y tres años, ¡su vida estaba hecha!, lo único que le quedaba era cumplir el sueño anhelado de viajar desde los lugares mas excitantes, hasta los mas complejos, ¡esa era ella!, la imponente Catarina; “ La vida me ha enseñado a caminar por los lugares mas duros, sin embargo yo he decidido viajar por las zonas más bellas, aunque yo no pertenezca a Ecuador, me siento como en casa y esta no ha sido la primera estación de mi vida, al contrario he tenido muchas”. Con ello, se desplaza una sonrisa nerviosa mientras comenta sus experiencias vividas.    

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